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Observar a una persona que en el atardecer de su vida, con la quietud de sus ojos tristes, fijos en las ruinas industriales de esta empresa, que lo fue todo para él. Me produce una gran amargura y me pregunto ¿Quién ha sido el culpable de tanta maldad?......
- Yo trabajé en la acería, me dice, estuve engrasando los rodillos de la colada continua... El trabajo inhumano, el calor era insoportable, los accidentes esperaban en cualquier esquina de la fábrica. Yo conocí varios muertos y sin embargo acudíamos felices a trabajar. De tanto esfuerzo salía el pan de nuestros hijos y eso era suficiente para querer a esta fábrica.
Ahora, el tiempo de crisis lo ha cambiado todo. En esta empresa, los ingenieros, los economistas y dirigentes, están a la orden de un gran especulador, cuyos bolsillos chorrean dinero y que a ellos les asegura un buen porvenir. Su misión, no es la de pensar como engrandecer, mantener o crear más riqueza. Estos seres serviles funcionan al revés. Para está bandada de cuervos, todo el problema se centra en cómo reducir costes, machacando si es necesario y sin piedad a las personas. Estudian en sus mil y una reuniones, cómo anular los derechos de los trabajadores, honradamente conseguidos en años de bonanza, que puedan suponer merma de ingresos para el gran “capo”.
Todo su afán se limita a mostrar unos buenos números a su superior en jerarquía, para que estos a su vez lo hagan con los suyos. Todas estas maniobras solo reflejan una cosa, van a ordeñar la vaca hasta que esta se muera.
El viejecillo se retira a un rincón, cabizbajo y pensativo, busca los últimos rayos de sol para calentar sus maltrechos huesos. ¿Y nosotros, a donde nos vamos nosotros?

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